
El universo del diseñador
El proyecto es un espacio de gran presión para el diseñador. La viabilidad de la solución, tanto en términos físicos y productivos como de tiempos y costes, sumerge al profesional en una alerta constante durante su desarrollo, que se acentúa, además, por la reducción permanente de los plazos y por las expectativas del entorno humano que le rodea.
Conocemos, antes y mejor que nadie, cómo va el proyecto en cada etapa y dosificamos estados y noticias sobre él, trabajando siempre en paralelo, adelantándonos a los contratiempos. Un esfuerzo tremendo que nos desgasta. Se trata de dar siempre noticias favorables, digiriendo silenciosa y amargamente las que no lo son, haciendo que desaparezcan.
En cada proyecto está en juego nuestra valía y la confianza: la nuestra y la de los demás respecto a nosotros.
No se suele decir, pero es así: el diseñador vive el proyecto con ansiedad. Quizás por eso, durante los últimos años, nos hemos inventado la tolerancia al error, dándole la vuelta para que deje de atormentarnos. O la superficialidad, que nos exime de responsabilidades y endulza una labor que se queda solo en el principio de las cosas. Un trabajo más ligero, atajo de muchos, que permite ponernos de perfil.
Pero por más que inventemos atajos, transformar la incertidumbre en certezas no es fácil y no sale gratis. El diseño no deja de ser otra cosa.
De esta forma, todo proyecto acaba teniendo dos universos: el de la incertidumbre, que vive el diseñador durante su trabajo, definido por su estado mental y su capacidad para resistirla, en el que sucede todo lo bueno y lo malo; y el de la certeza, que es la solución, siempre perfecta, lista para la foto.
Agosto 2026

