
¿En base a qué cambia el diseño industrial?
Cuando estudié diseño industrial ya se diseñaban coches, herramientas, máquinas, mobiliario, lámparas, electrodomésticos y vajillas. Posteriormente, cuando me convertí en diseñador profesional se seguía diseñando lo mismo, y hoy, 30 años después, también. Probablemente mañana ocurra igual. Son los elementos que constituyen nuestro entorno artificial: aparecen, desaparecen, se sustituyen, se mejoran y, en ocasiones, se expanden hacia formas nuevas —se añade un servicio, nace una interfaz, se crea un sistema—. La lista podría haber sido otra sin alterar nada esencial de la disciplina.
Porque el diseño industrial nunca dependió de la naturaleza específica de los objetos ni su complejidad, aunque trabaje con esos objetos. Su origen está en el proyecto, que puede adoptar cualquier forma, y en el problema, en el que no existen límites. Si el diseño hubiera surgido, por ejemplo, de la necesidad de hacer realidad una silla, cada vez que apareciera algo que no fuera una silla tendríamos que declarar una crisis disciplinar y reinventarnos. Pero el diseño no surgió bajo esta razón, sino de la necesidad abstracta de resolver.
Por eso, lo que cambia con cada generación no es el diseño en sí, sino el proyecto, que se adapta a la coyuntura de cada época y sociedad. La insistencia en que «hay que repensar la disciplina» cada década no responde a una necesidad del diseño, sino a la confusión entre disciplina y proyecto. Lo atribuyo a la vorágine del mercado, que nos arrastra a transformar las cosas para que, en apariencia, parezcan siempre nuevas.
Sigo sin que nadie me justifique en base a qué cambia el diseño industrial cuando cambia, si lo único que ha cambiado es el problema que intenta resolver.
Agosto 2026

