
Cuestión de algoritmo
Será por lo que miro que las redes me hablan de diseño, y descubro a diario perfiles de creadores de contenido hablando sobre diseño industrial. Me gustan en su inmensa mayoría, he de reconocerlo. Muy al contrario de lo que podría pensarse por el medio en el que se expresan, suelen hablar del diseño en esos términos mayúsculos que abrieron las vocaciones de muchos y que dan el justo sentido a la responsabilidad de dejar un objeto en el mundo.
Poco diseño contemporáneo, es cierto. Quizás como muestra desechable de un momento superfluo por el que transitamos, o como presencia que aún no tiene el peso debido de la mirada en la distancia. En su ausencia, referencias clásicas —un discurso de éxito garantizado—: de sillas a lámparas, pasando por todo tipo de artefactos. Una exposición detallada de la profundidad que albergan los objetos que fueron bien diseñados.
Reafirmo, una vez más, mi amor a esta disciplina extraña, maleable, capaz de ser entendida por unos con la profundidad que requiere todo acto humano, trascendental, cultural e histórico, a la par que de ser interpretada —y usada— como maniquí con disfraz de formas sin sentido.
Hay algo extraño en todo esto. Una convicción y una esperanza.
La convicción de abrazar la dimensión del buen diseño con estos ejemplos cíclicos que, como las grandes novelas de la literatura, nos muestran con esa exquisita selección la grandeza de un campo creativo —y técnico, en este caso— y, a la vez, lo difícil que es diseñar.
Y la esperanza, precisamente por razón de esa convicción, de que todo está siempre por hacer. Aún más teniendo que ajustar el diseño simultáneamente a su propio tiempo y a la eternidad.
Agosto 2026

