
Rediseño, rediseñar, diseño, diseñar
Desde hace un tiempo el «RE-« se ha puesto de moda. Y como toda moda tiene el peligro de la inconsistencia e incluso, en algunas ocasiones, el de la incongruencia que es, puestos a elegir, mucho peor.
Hoy todo se reedita, se recompone, se restructura… Pero para ser más precisos, en el diseño industrial ha habido un «RE-» muy anterior. Un prefijo ajeno a esta moda porque viene de mucho más lejos: este es el RE-diseño.
No podemos negar que desde siempre se ha aceptado con total normalidad el concepto Rediseñar. Hoy inunda blogs, revistas y charlas. Hoy es además –paradójicamente- un modo de “diseñar”. Una idea que viene a ser más o menos, o eso es lo que se interpreta de la utilización de la palabra, plantear una nueva propuesta basada claramente en otra anterior, en algo existente. Hasta aquí bien, nada que objetar, es lo que hacemos la mayoría de diseñadores.
Siempre he defendido la más correcta y rigurosa utilización de las palabras -del lenguaje- cuando nos referimos al diseño industrial. He reiterado hasta aburrir, que es muy importante que nuestra disciplina tenga un glosario propio. Un diccionario con acepciones específicas y concretas, que no tienen porque parecerse, en su fondo, al significado de la palabra invadida. Creo, y cada día más, que solo a través de este recurso semántico el diseño industrial alberga la esperanza de una teoría propia e independiente.
Por este motivo, es importante utilizar adecuadamente las palabras cuando hablamos del diseño industrial en un sentido claramente teórico, es decir cuando aludimos a él desde un tono más disciplinario.
Empecemos a poner las primeras piedras para un diseño creíble de forma general y que este no sea solo una excepción. Es hora de desterrar de nuestro vocabulario, como diseñadores, al rediseño. Sencillamente porque es un concepto que ampara sólo dos cosas que desarrollaré más abajo: una es nuestra propia ignorancia –y me incluyo, lógicamente- y la otra es una labor mal realizada. Es decir, que esconde un mal proceso de diseño.
No diré nada nuevo si digo que pocos son los que suelen pararse a pensar qué es realmente el diseño industrial. De hecho, si nos pidieran una definición, una gran mayoría improvisaríamos una respuesta. Y mañana, quizás, tendríamos otro parecer.
Solemos dejar estas tareas aparentemente aburridas para otros: eso de pensar sobre el diseño se hace pesado. Por esta razón, no es de extrañar que muchos de nosotros seamos ignorantes del diseño en el sentido que desconocemos muchas cosas de él como disciplina. Y que esta ignorancia nos lleva a usar, o mal usar, mejor dicho, ciertas palabras que en realidad no conocemos en profundidad, pero las usamos intentando explicarnos con elocuencia.
También soy de los que creen que el diseño industrial se basa en una constante reinterpretación (otro RE del diseño) del entorno, de las necesidades y las funciones. Su finalidad no es inventar en el sentido tradicional y estricto del término, sino que siempre parte de una base existente. Más bien modifica estructuras para crear otras nuevas. Así que sumamos, restamos, agrupamos, relacionamos o aplicamos otro tipo de formulas de tal forma que el resultado sea diferente. Y si no lo es sustancialmente en su apariencia, seguramente lo será por su factor innovador, que puede hallarse en múltiples estadios, porque el diseño siempre tiene la intención de innovar. Otra cosa bien distinta, como siempre digo, es que lo consigamos.
Por consiguiente, el diseño industrial siempre trabaja con elementos existentes que tienen ya un valor propio que se mantiene -no necesariamente de forma integral- en la estructura resultante, ya sea de forma evidente o camuflada.
Estaremos de acuerdo entonces, en que el diseño supone una evolución continuada. Es progresivo. Se plantea una solución y sobre ésta se puede ir mejorando (casi hasta el infinito por la inexistencia de la perfección) y/o bien tenerla como base para abrir nuevos caminos que hubieran sido imposibles sin ese punto de referencia previo. Soluciones que, no solo motivan propuestas diferentes, sino desde las que pueden nacer también nuevas necesidades y funciones que suponen nuevos puntos de partida.
De esta manera, al revisar proyectos anteriores, no se está haciendo realmente un ejercicio de, mal llamado rediseño, sino que se está realizando diseño como tal. La revisión, que sería un término más correcto, es intrínseca al proceso de diseño industrial.
La otra evidencia por la que debemos desterrar al rediseño de nuestro vocabulario es porque, en gran medida, este ha avalado, en muchas ocasiones, una mala labor de diseño. Se utiliza también, en el mejor de los casos, para dar validez a una propuesta que sólo ofrece una alternativa formal de un producto ya existente.
Un camino que, no solo no aporta nada, sino que es en realidad un mal ejercicio de diseño. Y lo es porque rompe y/o se aleja de todas las finalidades del diseño: no innova, no suele mejorar nada, no plantea una evolución y no supone un nuevo punto de referencia para proyectos, necesidades y/o funciones futuras. Es solo aire, humo.
Es ese rediseño que tantas veces hemos oído y visto porque impregna nuestro espacio cotidiano. Un refrito de proyectos sobre proyectos existentes desde una base que no puede, ni permite, crear estructuras nuevas y/o mejoradas. Un proceso infértil.
En esta acepción concreta, el rediseño supone ser un engaño para los sentidos y, por extensión, un engaño para nuestro cerebro, que ve lo que no existe. Por lo que en este caso, es también incorrecto utilizar este vocablo. En este sentido, tenemos la opción concreta de decir: “mal diseño”, y todo queda más claro.
¿Además, como se rediseña bajo ese prisma? ¿Es siempre intencionado? ¿Se vuelve a pasar por el proceso de diseño por el que ha pasado ya anteriormente otro? Lo que es, en términos de eficiencia, un despilfarro intelectual. O, ¿se coge directamente aquello como punto de partida para la gestación de un planteamiento similar o nuevo? Lo que equivale, a la fin, a otra cosa que ya no es rediseño. Un lío más que añadir para entender que es una palabra inútil que poco significa para el diseño industrial.
Así que, ya sea para ser menos ignorantes, o para intentar hacer un trabajo con la mayor profundidad posible, debemos -los diseñadores industriales- empezar a borrar de nuestro subconsciente el término REDISEÑO y sustituirlo, sin miedo y sin vergüenza, por el de DISEÑO. ¿No?
Soy consciente de que seguiremos usando la palabra. Seguiremos dándole validez con naturalidad, pero tenga o no tenga razón lo expresado en esta reflexión, de lo que si que podemos estar seguros es que el RE, en el caso del Rediseño, no es más que llover sobre mojado en los términos en los que se usa. Lo que no nos lleva muy lejos.
Agradezco desde aquí a Ignacio Urbina, Diconexiones, que ha motivado esta reflexión a partir de un post. Gracias.
Marzo de 2013
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