255 Diseño, éxito y valor

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Diseño, éxito y valor

Un buen proyecto no garantiza el éxito de un diseño. Esa es, probablemente, una de las contradicciones menos asumidas de la disciplina.

El proyecto constituye el núcleo intelectual del trabajo del diseñador. Es allí donde nacen las decisiones que determinan la relación entre el objeto, las personas y la sociedad. Pero la calidad del proyecto nunca ha sido, por sí sola, garantía de reconocimiento. El valor de un diseño y el éxito de un diseño no siempre recorren el mismo camino.

Hoy la visibilidad se construye en las redes sociales y los influencers. Ayer se construía en las publicaciones especializadas o la publicidad. Tras todos ellos, deliberada o inconscientemente, actúa el papel invisible —cuando es bueno— del marketing, que no diseña los objetos, pero sí contribuye decisivamente a construir el relato que los acompaña.

Desde ese escenario, el diseño vive una dicotomía constante. Frustrante porque, en ocasiones, el reconocimiento termina alejándose de la calidad del proyecto. Y sibilina porque la autoridad para decidir qué diseño merece atención acaba situándose, con frecuencia, lejos de quienes realmente diseñan.

Lo confirma la propia construcción de las tendencias y la focalización interesada de determinados productos, diseñadores y estereotipos. Una selección que se alimenta de sí misma, de reenvío en reenvío, hasta adquirir apariencia de verdad.

Pero ese circuito solo juzga el diseño que consigue hacerse visible. El que aparece en las pantallas, en los artículos, en los premios o en las exposiciones. Y no es poco, porque acaba moldeando la cultura del diseño, dibujando nuevas generaciones de profesionales e incluso condicionando el ámbito académico.

Frente a él existe otro diseño, el que aún mueve a muchos diseñadores: el que está en la calle. El que entra en los hogares. El que millones de personas incorporan a su vida cotidiana sin haber leído una crítica, sin conocer a su autor y sin preguntarse siquiera si pertenece a una tendencia. Ese diseño apenas participa en la construcción del relato y, sin embargo, es el que verdaderamente demuestra si un objeto merece permanecer, porque sí participa en la construcción del mundo.

Y es precisamente en esa distancia, entre lo que se aplaude y lo que se usa, donde el proyecto recupera todo su sentido: lejos de los focos, las tendencias y los discursos, solo permanece aquello que el diseñador fue capaz de resolver.

La esperanza es que las personas anónimas —las que compran, las que usan, las que nunca se citan— sigan conservando la última palabra.  

Julio 2026

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