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Dónde se ubica el diseño de servicios

Durante las últimas décadas hemos asistido a la aceptación de supuestas “especialidades” del diseño que, en realidad, no constituyen disciplinas autónomas. Carecen de un cuerpo teórico propio, no poseen una tradición académica consolidada y, en consecuencia, tampoco se corresponden con titulaciones homologadas. Son formulaciones construidas alrededor del mercado formativo: cursos, másteres y programas que generan valor económico para quienes los imparten y capital simbólico para quienes difunden sus virtudes.

Entre estas categorías se encuentra el llamado diseño de servicios.

Conviene, sin embargo, desplazar la pregunta. El problema no es si los servicios deben diseñarse —algo evidente—, sino bajo qué condiciones puede hablarse de una disciplina de diseño. Históricamente, las disciplinas proyectuales se han constituido cuando confluyen tres elementos: un desarrollo teórico reconocible, una tradición pedagógica sostenida y una práctica profesional capaz de producir conocimiento transferible. Sin esta triple condición, lo que aparece no es una nueva disciplina, sino un ámbito de aplicación, una metodología o, en el mejor de los casos, una hiper-especialización profesional.

Desde este criterio, el diseño se ha articulado académicamente en torno a cuatro grandes campos proyectuales —industrial, gráfico, interiores y moda— que, más allá de sus diferencias, comparten precisamente esa densidad teórica, histórica y formativa. En ellos, el diseñador no solo adquiere herramientas operativas, sino también una posición crítica frente al ser humano, la sociedad y el entorno material, situando la práctica del proyecto en una esfera intelectual que trasciende el mero ejercicio técnico.

Estas disciplinas han demostrado, además, una capacidad continuada para integrar nuevos problemas sin fragmentarse conceptualmente: sistemas, interacciones, experiencias o servicios han sido abordados como extensiones naturales del pensamiento proyectual, especialmente desde el diseño industrial. Por ello, la existencia de estudios de posgrado orientados a ámbitos específicos resulta plenamente coherente con la lógica del diseño. Lo problemático no es la especialización, sino la ilusión de que una formación breve, abierta a cualquiera y desvinculada del conocimiento proyectual pueda legitimar por sí sola a un supuesto “especialista”.

En este contexto, muchas de las descripciones contemporáneas del llamado diseño de servicios coinciden con territorios teóricos ya explorados por el diseño industrial desde mediados del siglo XX, cuando el proyecto comenzó a entenderse como integración de productos, procesos, sistemas y usos. Algo similar ocurre con la noción de UX, sustentada simultáneamente en fundamentos del diseño gráfico y del propio diseño industrial. En ambos casos, más que nuevas disciplinas independientes, se trata de campos de aplicación específicos dentro de marcos proyectuales preexistentes.

Aceptar sin más su autonomía disciplinar implicaría asumir una fragmentación potencialmente infinita del diseño, donde cada tipo de problema generaría su propia etiqueta. El resultado no sería una mayor precisión conceptual, sino la disolución progresiva de la coherencia intelectual que ha permitido al diseño constituirse como campo de conocimiento.

Mantener el criterio disciplinar no supone, por tanto, una defensa inmovilista del pasado ni una visión retrograda, sino una condición para la evolución misma del diseño. Solo desde fundamentos sólidos es posible ampliar el campo proyectual sin convertirlo en una suma dispersa de denominaciones oportunistas. Cuando las categorías se multiplican sin sostén teórico suficiente, el riesgo no es únicamente la confusión terminológica, sino el debilitamiento cultural del propio diseño.

Quizá, entonces, la pregunta no sea dónde ubicar el diseño de servicios, sino cómo preservar la consistencia intelectual del diseño para que pueda seguir expandiéndose sin perder aquello que le da sentido como disciplina.

Febrero 2026