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Desde hace unos meses parece intensificarse, entre docentes, profesionales e intelectuales, el análisis de las estructuras formativas del diseño con la intención —imagino— de modernizarlas, tras casi un siglo sin alteraciones profundas en su estructura de base. Y digo “imagino” porque, si la motivación real es la ansiedad por no “quedarse atrás” o por “no estar de moda”, entonces el rumbo es equivocado. En cualquier caso, conviene tener presente lo siguiente:
La superficialidad que impregna buena parte de los resultados actuales del diseño industrial está estrechamente vinculada a la inmediatez dominante y al consumo voraz de contenido que imponen estos tiempos. Hemos dejado de profundizar, como si la reflexión fuese un lujo incompatible con la velocidad.
En esta espiral, una parte significativa de la academia ha cedido terreno. Si no en su estructura, sí en su respuesta. De otro modo cuesta explicar por qué, en generaciones cada vez más jóvenes, observamos una tendencia creciente hacia proyectos con menos sustancia. Hay excepciones valiosas, por supuesto, pero la pauta general revela una preocupante pobreza conceptual.
No se puede adaptar de forma constante el mundo académico del diseño industrial a los ritmos del presente sin pagar un precio. Cuando la adaptación se convierte en reacción automática, el resultado no es actualización, sino fragilidad y, finalmente, rotura.
El ámbito académico no debería operar bajo la ansiedad del ahora. Su responsabilidad es otra: pensar a largo plazo, filtrar, decantar, construir criterio —y sostenerlo—. Cuando intenta incorporar cada moda emergente, cada giro discursivo o cada tecnología incipiente como si fueran estructurales, corre el riesgo de inflarse de inconsistencias y de diluir su función crítica.
Necesitamos más reflexión y más maduración.
No todo lo nuevo merece una asignatura.
No todo lo contemporáneo exige legitimación inmediata.
Y, desde luego, no todo lo que suena bien es conocimiento.
El problema no es actualizar herramientas —eso es imprescindible—, sino reformular de manera continua los fundamentos de la disciplina como si estuvieran obsoletos por definición. Cuando todo se revisa sin pausa, nada se consolida. Y sin consolidación no hay pensamiento.
Hoy aceptamos prácticas que en otras épocas habrían sido motivo de suspenso: trabajar con el error, entre otras. Concesiones que rebajan la exigencia bajo una pátina de contemporaneidad que confunde flexibilidad con laxitud.
En nuestro campo esto es especialmente grave. Si todo es diseño, si todo sirve para el diseño, el diseño pierde valor cultural e intelectual y se convierte en una recopilación oportunista, una profesión maleable a cualquier discurso dominante del momento.
La academia no está para amplificar el ruido del presente ni para actuar como espejo inmediato. Su fortaleza reside en la creación de criterio y en la capacidad de separar lo relevante de lo accesorio. Esa es su responsabilidad intelectual más profunda, y conviene no olvidarlo ahora que el tema vuelve a ocupar titulares y agendas.
Porque sin profundidad, el diseño no avanza: simplemente se disuelve.
Enero 2026
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