
Reparar lo evidente
Llevamos años escuchando hablar de sostenibilidad en el diseño. Se menciona en los briefings, aparece en las memorias de proyecto, resuena en las conversaciones de pasillo en las ferias y ocupa espacios en blogs, podcasts y revistas especializadas. Y, sin embargo, cuesta encontrar en todo ese runrún algo que se pueda tocar, medir o verificar. La sostenibilidad, tal como hoy se practica en nuestra disciplina, por desgracia, ha devenido en un relato, a veces fantástico y a veces utópico.
El diseño industrial tiene una deuda pendiente consigo mismo, y ya van muchas: necesita tangibles, necesita proyecto y necesita sentido. Criterios verificables que desnuden el nivel real de un proyecto, que obliguen a rendir cuentas más allá de la intención declarada, que describan la solución hasta hacerla transparente. Sin ellos, cualquier objeto puede proclamarse sostenible con la misma impunidad con que cualquiera puede llamarse diseñador.
Uno de esos tangibles —quizás el más exigente de todos— es la reparabilidad. No como concepto de ventas, sino como consecuencia directa y verificable de cómo se ha pensado un objeto. Un producto es reparable porque el diseñador ha tomado consciencia y ha asumido una responsabilidad, tanto con él mismo, con la disciplina, como con la sociedad. Se ha obligado a tomar decisiones que hacen posible esta cualidad en el producto por encima de otros parámetros, seguramente más persuasivos y sugerentes, porque diseñar con sentido desplaza la impronta de un deseo subjetivo. Ha de tomar decisiones sobre la estructura interna, sobre los materiales y su vida, sobre los sistemas de unión, fabricación y acceso a los componentes. Decisiones que se ven —o que se dejan ver— cuando alguien se enfrenta al objeto para repararlo, para prolongarle su existencia útil.
Y aquí viene lo que muchos parecen haber olvidado: esto no es nuevo.
Los que tenemos una cierta edad recordamos perfectamente aquellas mañanas en que nuestra madre preparaba un café al técnico que había venido a casa a arreglar el televisor, la radio o la lavadora. Mirábamos embelesados como aquella persona, cual cirujano, accedía al interior de las cosas mostrándonos sus entrañas. Era un ritual doméstico tan habitual que casi nadie lo consideraba extraordinario. El técnico llegaba, abría el aparato, identificaba el problema, sustituía la pieza o la reparaba y se iba cordialmente. El objeto seguía funcionando, la familia seguía usando lo mismo y nadie hablaba de economía circular ni de diseño sostenible, pero eso es exactamente lo que era. Una escena cotidiana de una sociedad que apostaba por cuidar las cosas que se tenían.
Aquellos objetos estaban diseñados de dentro hacia afuera. Era diseño del bueno, para no decir buen diseño. Tenían sentido, su lógica interna era tan coherente como su apariencia externa, y la una dependía de la otra. No se concebían como cajas negras selladas cuya avería equivalía automáticamente a la sustitución, que es lo que sucede actualmente. Se concebían como sistemas comprensibles, accesibles, habitados por una coherencia estructural que cualquier técnico medianamente formado podía descifrar y resolver. La reparabilidad no era un valor añadido: era una consecuencia natural del rigor proyectual de la época.
Hoy, en cambio, vivimos rodeados de objetos que no se pueden —o conllevan muchos costes— reparar. Productos ensamblados con adhesivos que imposibilitan el desmontaje, con baterías integradas que no se sustituyen, con componentes propietarios que solo el fabricante puede manejar. Objetos diseñados de fuera hacia adentro: primero la forma, luego —si acaso— lo que cabe dentro de ella sin otra preocupación que vender. El resultado es un modelo de consumo opaco que se disfraza de modernidad pero que, en términos de diseño industrial, representa una regresión, otra más. Una renuncia al pensamiento integral que siempre rigió el buen proyecto.
Y lo curioso —o lo indignante, según se mire— es que ahora se presenta la reparabilidad como una conquista, como si recuperar algo que ya existía fuera un avance. La legislación europea empieza a exigirla, las marcas la anuncian como innovación y los diseñadores la incluyen entre sus logros como si fuera un mérito propio, cuando en realidad es la corrección tardía de un error colectivo que nunca debió cometerse.
Esto debería hacernos reflexionar sobre qué entendemos por progreso en el diseño. Porque si progresar significa recuperar criterios proyectuales que estaban vigentes hace cincuenta años y que abandonamos en nombre de la eficiencia productiva o de la obsolescencia programada, entonces algo ha ido muy mal en el camino. Y la responsabilidad no es solo de las empresas: es también de los diseñadores que firmaron esos proyectos, y de una disciplina, incluyendo su estructura académica, que durante demasiado tiempo se ha dejado seducir por el mercado hasta una total sumisión.
La reparabilidad viene a ser un examen. Nos dice si un objeto ha sido pensado en profundidad o solo como impacto superficial. Nos revela si el diseñador se enfrentó a los problemas que derivan de su ejercicio profesional o solo transitó sobre la piel del producto. Y, a diferencia de otros criterios que el diseño maneja, este no admite interpretación: un objeto se puede reparar o no se puede. No hay discurso que lo cambie, ni explicación que lo disimule. Es, en ese sentido, uno de los mejores indicadores del nivel real del proceso de diseño llevado a cabo.
Cuando alguien nos hable de la sostenibilidad de su propuesta, preguntémosle si el objeto se puede abrir, desmontar y reparar. Casi no hace falta más, esa pregunta concreta vale más que cualquier declaración de intenciones, y tiene la virtud de no admitir respuestas a medias.
La reparabilidad es tan antigua como el técnico que tomaba café en la cocina de tu madre. Nadie la llamaba sostenibilidad, pero lo era.
Un texto original del diseñador industrial José Manuel Mateo.
Abril 2026. Revista Experimenta Nº104
Experimenta es una publicación que descubrí en 1995, desde entonces siempre me ha acompañado. Es para mi un honor poder escribir en esta publicación de referencia. Os recomiendo su suscripción y/o la compra de números. Leer es una herramienta para el diseño. ![]()
