02 Desatender la tendencia

cabecera para el artículo Desatender la tendencia

Desatender la tendencia

La tendencia: seguro que pocos dudarán de que responde a una rabiosa actualidad. Pero no es así, o al menos no del todo. En realidad, vendría a ser como la luz que vemos de una estrella que ya no existe, muerta hace millones de años.

Cuando diseñamos, lo hacemos siempre en clave de futuro. Los motivos principales son varios. Por un lado, el hecho de que los tiempos de diseño, desarrollo, industrialización e implantación en el mercado de la mayoría de los productos son relativamente largos: de media, podemos estar hablando de unos tres años. De esta forma, diseñamos soluciones que, como mínimo, deben funcionar durante un ciclo de entre cinco y diez años, pensando en su habitual vigencia comercial. Lo que significa que, al menos, la cabeza de los diseñadores va un lustro por delante.

Otra de las razones es la necesidad de responder a la innovación. El diseño tiene, por lo general, la intención de aportar esta cualidad a los productos para que el mercado sea más receptivo y dinámico. Una particularidad que, en sí misma, ya nos obliga a asumir una visión a futuro. Aportar novedad —en concreto, novedad mejorada— requiere adelantarse al resto de competidores y existencias. Ser primero e ir un paso más allá exige estudio, análisis, pruebas y validaciones; es decir, también demanda su tiempo.

De este modo, lo que hoy percibimos como tendencia no deja de ser, en la mayoría de los casos, una propuesta que los diseñadores —y las empresas— pensaron con bastante anterioridad: es la luz que la estrella envió tiempo atrás. Algo bastante lógico si tenemos en cuenta todo el dinero y los recursos que hay en juego cuando lanzamos cualquier producto al mercado, así como el rédito que las marcas esperan obtener con ello. ¿O acaso somos tan ilusos como para pensar que los éxitos comerciales —lograr ser tendencia— son algo fortuito?

La tendencia, como tal, es una narrativa que se construye después, cuando conviene mostrar y promocionar el valor de un producto para empezar a amortizar todo el esfuerzo invertido. Es, en definitiva, una campaña de comunicación. Muy pocas de las cosas que genera el mercado son casuales: no existe la tendencia espontánea. Siento desvelar el truco, pero todo está más que planificado. Muy obvio si consideramos que este verbo transitivo —planificar— se utiliza, en ocasiones, como sinónimo de diseñar.

Y esto lo cuento para que se entienda mejor la crítica que, nuevamente, quiero dejar escrita sobre nuestra disciplina, pues es aquí hacia donde creo que debemos mirar.

Ideas como “diseño para el futuro”, “diseño especulativo” o “diseño de futuros posibles” parecen también fruto de esa rabiosa actualidad dentro de nuestro ámbito, pero tampoco es del todo cierto: es llover sobre mojado. Son descripciones que, en la mayoría de sus acepciones, no traspasan la barrera del discurso oportunista o comercial.

Pensar en clave de futuro desde el diseño es tan viejo como el diseño mismo, así que resulta del todo innecesario acuñar un diseño específico para imaginar futuros y, mucho menos, organizar en torno a ello toda una escuela de pensamiento. Esto no hace sino evidenciar lo mal que aprendemos a diseñar —responsabilidad de nuestro estamento académico— y lo mal que acabamos diseñando. Podemos remitirnos a la mediocridad imperante que nos muestra el sector y al hecho de que caigamos constantemente en este tipo de trampas léxicas que intentan hacer pasar por nuevo un concepto que existe desde hace más de setenta años.

Y es bajo el prisma del desgaste que sufre hoy la disciplina, a muchos niveles —incluido el formativo—, que somos capaces de acometer todo tipo de atrocidades, como diseñar desde la urgencia, desde el ahora y desde la inmediatez. Hoy parece que todo deba suceder rápido. Se diseña para atender demandas instantáneas, para responder a esas presuntas tendencias; pero quien lo hace, seducido por la falacia, llega siempre tarde, porque desconoce que todo esto se pensó mucho antes. Son cada vez más los que acaban pagando el pato de la descomposición del diseño.

Tal vez por eso resulta tan importante volver la vista atrás. Quizás diseñar para el futuro no sea lo que algunos nos venden, sino que significa, en realidad —paradójicamente—, mirar al pasado para volver a hacer las cosas bien. Recuperar aquello que le daba sentido al oficio: la capacidad de pensar a medio y largo plazo, de reflexionar y de entender que cada objeto, cada solución o cada proyecto que se plantea tiene la responsabilidad de permanecer; por sentido común, por diseño y, sobre todo, por sostenibilidad.

Construir un futuro exige tiempo, método y compromiso. Y, sorprendentemente, para mirar hacia adelante ahora hay que mirar atrás. No porque el pasado tenga las respuestas, sino porque en él estaba el sentido de las preguntas.

Diseñar bien —con reflexión, con propósito y con tiempo— sigue siendo la manera más coherente y honesta de hacer futuro. No hay otro modo. Cuando el diseño se lleva a cabo con rigor, el futuro aparece solo. Por eso, quizás, lo más sensato sea volver a confiar en la naturaleza del propio oficio, en su ritmo y en su memoria.

Porque el futuro del diseño no depende de nuevas etiquetas ni de teorías reinventadas, sino de algo mucho más sencillo: de nuestra capacidad de desatender la tendencia y volver a mirar hacia donde siempre miró el diseño: hacia adelante.

Un texto original del diseñador industrial José Manuel Mateo.

Octubre 2025. Revista Experimenta Nº102

 

Experimenta es una publicación que descubrí en 1995, desde entonces siempre me ha acompañado. Es para mi un honor poder escribir en esta publicación de referencia. Os recomiendo su suscripción y/o la compra de números. Leer es una herramienta para el diseño.