Un diseño de "pasar por caja"

Tengo muy clara la dificultad de definir el diseño desde un punto de vista teórico e incluso hasta práctico, no solo por la complejidad que entraña la propia disciplina sino porque a ésta siempre le ha ido estupendamente establecerse en una difusa situación teórica.

Tampoco me cabe la menor duda, como he repetido en otras ocasiones, que al amparo de esta ausencia de claridad, o mejor dicho de precisión de definición, el diseño se ha ido adaptando a un mundo tecnológico, económico y social a un paso totalmente acompasado.
Ha potenciado así su propia permeabilidad y la ha hecho virtud a favor del progreso y de su propio discurso. Convirtiéndose –el diseño- en una herramienta siempre actualizada y sobretodo útil y eficaz. Ventajas de las que no gozan otras disciplinas mucho más rígidas en su sentido teórico.

No obstante, como también introduje en mi ponencia al respecto de la definición del diseño industrial, la existencia de una definición aceptada por todos, creo que no solo sería necesaria para articular un diálogo académico coherente y riguroso, como podría entenderse, sino que también evitaría ser un “coladero” de intereses. Porque, como también se derivaba de aquella reflexión (en su punto 5), quizás la ausencia de teoría permite que hoy se establezca de forma interesada lo qué es diseño. Pero no mediante su definición –que se reconoce desde muchos ámbitos como innecesaria- sino a través de ciertas soluciones que se establecen como un parámetro estándar que nos dice qué es diseño.

Estamos acostumbrados a que hoy el diseño se defina, sin reparos, desde algunos de sus "instrumentos de proyectación" y/o divulgación más que desde su enfoque teórico.

Pero, ¿Qué quiero decir con esto?

Sencillamente que a muchos les interesa establecer qué es el diseño porque viven de ello. Así de claro.

Pensemos cuantas veces el talento se establece desde su divulgación más pública condicionando a los más jóvenes. Eso sí, normalmente previo pago de un espacio en una feria y/o una tasa en concepto de maquetación e impresión.
Una realidad que muchos conocemos muy bien porque hemos sido objetivo de estas estrategias interesadas de divulgación.

No niego que la promoción tenga un coste y que el acceso a muchas de estas plataformas esté debidamente justificado en este sentido pero debemos también de asumir que otras tantas, con bastante peso dentro del sector, han acabado convertidas en un negocio puro y duro.

Así pues, una importante parte de los estándares actuales del diseño industrial se establecen mediante sus instrumentos y su divulgación bajo cuota económica; ya sea a través de una exposición, una revista, un reportaje, un espacio ferial, pertenecer a un grupo, un workshop, un curso, el propio software, la impresión 3D, pertencer a una asociación... E incluso, porque no decirlo, desde las matrículas prohibitivas que te dan acceso, al margen de tu valía o talento, para estudiar en algunas de las escuelas de diseño que tienen más reconocimiento internacional.
Pasajes que te permitirán ostentar un talento que, paradójicamente a partir de un unificado, numeroso, monótono y unísono discurso, se aleja de lo propio que debería de tener el talento, como es la diferenciación, la excepción y cierta anarquía.

Por esta razón, y sin dudar del beneficio que supone no tener muy claro qué es el diseño, creo que si convendría retomar la necesidad de establecer unos mínimos que jugaran a favor de la disciplina, a favor de un diseño alejado de este circo y sobretodo a favor de los más jóvenes y de los que sí tienen talento de verdad. Ese talento que, a pesar de todo y de todos, siempre se abrirá paso.

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Mayo 2014