La pasión por el diseño industrial. Un sentimiento común

La pasión en y por nuestro sector no es casual. No os sintáis una “rara habilis” por ello.
Los diseñadores, ya no puntualizo ni tan siquiera en una u otra especialización, nos caracterizamos por tener una enorme pasión por aquello que hacemos y por aquello que hacen también –en diseño- los demás.

Podría entenderse que incluso es una pasión necesaria porque el diseño es una profesión dura. Ahora que hablamos de sentimientos no podemos omitir las verdades.
Nos hace sobrellevar con mayor ligereza los fracasos, la ausencia de un proyecto, las “crisis creativas”, las largas jornadas de trabajo, el estrés, el tiempo que robamos a nuestros seres queridos, la ansiedad y todo aquello, mucho menos bueno, que se queda normalmente solo para el diseñador.

A lo largo de todos estos años de profesión he podido compartir afortunadamente bastante tiempo con otros colegas diseñadores. Y todos coincidimos y compartimos este sentimiento. La verdad es que sobre este aspecto pocas excepciones me he encontrado. Es algo común a la inmensa mayoría.
Nos gusta tanto el diseño industrial, más allá incluso de nuestro propio punto de vista, que viene a suceder un poco como con el amor incondicional. Ese que afirma aquello de:

“Si la persona a la que amo no es para mí, le deseo la máxima felicidad con la persona con la que comparta su vida”

Amamos lo que hacemos, si, pero por encima de amar lo que hacemos amamos al diseño.

Delante de esta pasión desmedida y con la deformación profesional del que gusta pensar, he reflexionado muchas veces sobre de cual debe ser el punto de partida de esta potente emoción, si es que existe. ¿De dónde emana? ¿Dónde nace este sentimiento?

Es lógico pensar que si todos los diseñadores sentimos algo muy similar es porque seguramente debe fundamentarse en algún aspecto concreto. En algo realmente mucho más objetivo y/o analizable que un amor irracional.

Tras mucho meditar al respecto he llegado a la conclusión de que esta pasión puede residir principalmente en cuatro aspectos. Cuatro cuestiones profundamente humanas que están alojadas en el subconsciente de todos nosotros y con las que logramos conectar mediante el diseño. Quizás en alguna de ellas, o en la combinación de todas, hallemos algunas de las claves de esta pasión común.

Una de ellas es sentirse partícipe directo de los cambios humanos. Y no es un tópico. El diseño industrial cambia el mundo y puede, o eso pretende ideológicamente, mejorar el nivel de vida y la comodidad del ser humano y de las sociedades en las que se organiza y convive.
Ya sea desde la realización de un gran proyecto o a partir de una pequeña incursión en el entorno artificial del hombre, el diseño supone siempre un cambio. Un cambio normalmente a mejor. Lo que enlaza directamente con nuestra necesidad evolutiva. Y esto, desde este punto de vista del sentido humano y la aportación individual de cada uno a su entorno y hacía sus semejantes, no podemos negar que es algo grande. Nos llena como personas.

Otra cuestión a considerar es que el diseño industrial nos conecta directamente con la felicidad de los demás. Una felicidad de la que, rebotada como si fuera un espejo, disfrutamos también nosotros mismos.
Esto es lógicamente muy gratificante y sería, por si solo, un motivo más que suficiente por el que sentir pasión por algo, ¿no?
Nuestro trabajo hace feliz a mucha gente. Desde a los empresarios y usuarios anónimos hasta a nosotros mismos y nuestro entorno más cercano con nombres y apellidos.
No podemos negar que hacer feliz a alguien, a un grupo o a toda una sociedad, es algo también maravilloso.

Otro aspecto del que dependería en parte nuestra pasión y que está estrechamente relacionado con el primer punto expuesto, aunque es sutilmente diferente, es el hecho de saberse un agente dinamizador de la sociedad en la que vivimos.
El diseño industrial es un factor clave en la economía de las sociedades modernas (en todos los sentidos) y permite directamente el progreso y la supervivencia del sistema. Lo hacemos además intentando repartir equitativamente los beneficios entre los agentes económicos y los sociales. Fomentamos y participamos de la cultura y posibilitamos una sociedad mejor en un sentido amplísimo de la palabra. Así pues sentimos que el diseño es útil. Tiene una utilidad tangible pero también va mucho más allá de lo físico conectando con el interior del ser humano.

Y en el último estadio, aunque no es menos importante, nuestro trabajo puede apasionarnos tanto probablemente porque nos permite crecer como seres humanos. Es decir, es una disciplina intelectual que alimenta nuestras “almas”. Y no solo las nuestras como diseñadores -en mayor grado- sino las del resto de “disfrutantes” del diseño.
Cómo profesionales aprendemos cada día y nuestra cotidianidad es, paradójicamente, siempre nueva. Vivimos dinámicamente y estamos siempre creciendo.
El diseño cultiva nuestra personalidad y nos hace, si se puede expresar así, más humanos si cabe. Aprendemos a relativizar las cosas, luchamos porque todo sea posible y adquirimos un enorme respeto por las personas y nuestro entorno.

Y estos serían, a mi modo de ver, los cuatro pilares principales en los que se vendría a sustentar la pasión de todo diseñador. Y si no son estos los términos principales, como algunos seguramente podréis corregirme, creo que si son lo suficientemente importantes como para despertar grandes pasiones. Por lo menos las mías.

¿No se que pensáis?

En definitiva creo que todo se reduce, si lo miramos bien, a que diseñar nos permite sencillamente poder hacer real y/o aplicar una ideología que provoca cambios. Así que no es de extrañar que el diseño industrial nos motive -a todos los que estamos en él- de esta forma tan especial.

Mayo de 2013